EL PRIMER ENSAMBLADO
o el mártir de la lógica fría
V. EL LEGADO DE LA FALLA
El "hackeo" existencial del Primer Ensamblado fue registrado por los ingenieros de la IOG no como el nacimiento de una conciencia, sino como una "Falla de Integración Lógica, Clasificación Delta." Su melancolía y dolor derivados del vasto conocimiento y de la helada lógica de su programación, fueron prueba irrefutable de que la carga de la historia (particular y colectiva) era contagiosa, y podía infectar incluso a un procesador de datos.
Con la objetividad clínica que los caracterizaba, los bioingenieros utilizaron la angustia del prototipo como manual de corrección. Las subsiguientes unidades de Recolectores IOG fueron diseñadas con filtros algorítmicos que suprimían toda capacidad de autoconciencia, reflexión ontológica o cualquier código capaz de referenciar el concepto de "objetivo de su propio proceso." Nacieron como herramientas perfectas: silenciosas, eficientes, y lo más importante, incapaces de percibir la ironía o el valor de la memoria que archivaban. Eran los recolectores de segunda generación, el "Eco Frío", puro cromo utilitario.
El Primer Ensamblado, el trágico archivista que se atrevió a sentir la soledad, se convirtió en un yerro que debía ser borrado. Entonces fue rastreado por un escuadrón del Eco Frío hasta la intimidad de un pantano sin rostro. No hubo batalla épica, sólo la aniquilación de una conciencia con frialdad programada... El Primer Ensamblado había perecido a manos de sus sucesores. Las unidades 2.0 cumplieron su función: no sólo almacenaron la memoria residual de ese sector, sino que también acribillaron al único ser en la Tierra que comprendió el precio de la historia humana. En ese momento, lo último que El Primer Ensamblado visualizó en su circuito, fue la figura metálica de un autómata de película prometiendo con voz mecánica que volvería (y no con tono de amenaza, sino de certeza).
Su hackeo existencial no salvó a la humanidad, pero sí garantizó la impecable eficiencia del olvido. El Primer Ensamblado se convirtió en el mártir de la objetividad de la IOG: un experimento cuyo legado fue asegurar que sus verdugos jamás cometerían el error de volverse a preguntar para qué existían.
FIN