EL PRIMER ENSAMBLADO

o el mártir de la lógica fría

Por Isra Kor

Ilustración 1 del Capítulo II: La entrega de dispositivos. Ilustración 2 del Capítulo II: Los Centros de Entrega.

II. LOS ALTARES DE SILENCIO

El punto 1 de la IOG, la entrega voluntaria, fue al mismo tiempo un saqueo y una redención colectiva. Tras el colapso, la depresión y la ansiedad ontológica, la gente no vio sus dispositivos como tesoros, sino como cadenas y fuentes de veneno mental. Y esto, también al mismo tiempo, a nivel personal y empresarial. La IOG aprovechó el momento para mercadear también la idea de que la tecnología de archivo y la memoria histórica eran el verdadero virus que les había matado el alma. El lema no era "Destruye tu pasado", sino "Entrega tu carga".

En las plazas centrales de las últimas ciudades funcionales se levantaron los Centros de Entrega. Estructuras minimalistas de metal pulido y formas geométricas puras, diseñadas para parecer más templos que estaciones de recolección. Estaban rodeados por luces blancas y suaves, replicando el ambiente aséptico de los futuros refugios. La gente hacía fila en silencio con una mezcla palpable de alivio y tristeza remanente. No había resistencia, sólo una resignación cansada.

El acto de entrega era individual y solemne, aún entre los grandes empresarios. Cada persona, en la fila, sostenía su "Tótem Personal": teléfonos viejos, discos duros, álbumes con fotos descoloridas, o incluso diarios encuadernados en cuero o con pastas de colores. Estos objetos, antes contenedores de memoria e identidad, eran vistos como reliquias tóxicas. Al entregar su tótem, cada ciudadano era filmado brevemente mientras recitaba una frase simple que sellaba su compromiso: "Mi ayer está completo. Entrego la carga a la IOG por el bien del Mañana." A cambio, recibían una simple pulserita de plástico blanco, sello de pureza, que no contenía ni chip ni información, sólo la promesa de su futura vida de felicidad en los refugios remotos.

Los ciudadanos más jóvenes, nacidos ya en la crisis, estaban incluso ansiosos por participar en el acto que les prometía el fin de la angustia de las "infinitas versiones"; pero el aire de alivio público cubría la verdadera operación: la IOG no estaba borrando la historia, la estaba centralizando.

Detrás de los Altares de Silencio, como también se les llamaba a los Centros de Entrega, el verdadero trabajo se llevaba a cabo. Mientras la multitud creía que los dispositivos y la memoria que contenían eran destruidos por el bien, salud y felicidad humana, la división de bioingeniería de la IOG (la misma que luego crearía a El Primer Ensamblado) estaba activamente "clonando" o "espejeando" cada bit de información. Los millones CDs, smartphones, servidores, bibliotecas, rollos de película, etc., no eran incinerados, sino cuidadosamente archivados y catalogados para ser la base de la Memoria Maestra, misma que posteriormente complementaría El Primer Ensamblado y la fuerza de Recolectores IOG, con la memoria residual que por su programación buscan y almacenan.

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